8 octubre, 2020

Una travesía inolvidable en el Cabo de la Vela

Mi viaje a la Guajira no empieza precisamente en ese lugar sino en Santa Marta. Planeé ir en mis vacaciones a la costa en compañía de mis familiares, después de recorrer lugares espectaculares como el Parque Tayrona, la Playa del Amor y el Acuario. Decidimos conocer también la Guajira siendo nuestro gran objetivo el Cabo de la Vela ¡Y es aquí donde empieza la gran aventura!

Primero conocimos Riohacha, allí empezamos nuestro recorrido comiendo un delicioso ceviche, para luego disfrutar un almuerzo típico en un restaurante local muy folclórico,  pues hasta las guacamayas nos acompañaron, fue muy rico tener una cercanía con la naturaleza ¡Me encantó!

Después decidimos tomar camino hacia el Cabo de la Vela, íbamos en dos carros, un familiar que ha viajado mucho por Colombia nos guiaba hacia el tan esperado lugar. Para los que no han ido, o los que ya fueron, saben que para llegar hay que pasar por desierto y trocha; por eso es recomendable viajar con un guía experto ya que se encontrarán con indígenas que no suelen hablar español así que perderse es una posibilidad.

Con mucha emoción nos dirigimos hacia el Cabo de la Vela en plena luz del día, cada carro llevaba un boqui toqui para comunicarnos en caso de alguna eventualidad. En su momento los utilizamos para molestar, contar chistes familiares, sin saber que se convertirían en lo más importante del viaje, a continuación sabrán porque.

En el camino todo estaba muy bien, teníamos una gran ansiedad de conocer pero al cruzar el desierto no todo sucedió como lo esperábamos, sufrimos una eventualidad; uno de los carros se pinchó, así que tuvimos que separarnos, la señal de celular no era la mejor y nuestra única vía de comunicación eran los boqui toquis que tenían restricción de señal con la distancia.

Mientras que el carro pinchado se quedó en la vía, teniendo la mala suerte de que la llanta de repuesto no estaba en buen estado. Los que estábamos en el otro carro, emprendimos camino para llegar lo antes posible, el problema fue que después de unos minutos de camino perdimos la comunicación. Llegamos al lugar con la esperanza de encontrar ayuda para quienes se quedaron en la vía, pero para sorpresa de nosotros el único monta llantas del lugar no estaba abierto así que tuvimos que esperar por varias horas  hasta que el dueño apareció.

Paralelo a esta situación los que se quedaron en la vía trataron de mover el carro de un lado a otro y así ubicarse cerca de una ranchería. Caía la noche y no tenían comunicación, la ayuda se sentía eterna. La única compañía eran curiosos indígenas que se asomaban entre las ventanas de la ranchería para observarlos con temor. Lo peor era que al emprender el viaje nos habían advertido que en la noche el desierto era peligroso así que eso rondaba nuestra cabeza. La preocupación era notoria, todos nos mirábamos sin pronunciar muchas palabras.

Luego de que llegará la persona que podía auxiliar a nuestros familiares tuvimos una pequeña sensación de alivio, ahora la pregunta era ¿Cómo los encontramos? Si la ubicación en el desierto no era la mejor, los celulares no tenían señal y ya era de noche. Emprendimos la búsqueda, pasamos, por trocha y luego por el desierto con la fe de que los íbamos a encontrar. Y así fue,  después de casi cinco horas sin verlos, con la oscuridad del lugar y solo con la luz de la luna, el boqui toqui que habíamos olvidado y estaba tirado en el asiento del carro produjo sonido, ¡sorpresa!, eran nuestros familiares ¡sí!, estábamos cerca y ese aparato que al comienzo fue un juego ahora era lo más importante.  Las emociones del encuentro fueron inexplicables, después de estar por varias horas separados sin saber la suerte de todos por fin estábamos juntos y ahora iríamos en familia al Cabo de la Vela como lo habíamos planeado.

¡Llegamos al Cabo de la Vela!

A pesar de toda la travesía que habíamos vivido teníamos una rara sensación de alegría de haber tomado la mejor decisión y de no quererme ir del lugar, pues el paisaje y la cultura me llenaron de emoción. La felicidad nos inundaba, estar en la playa ver el cielo estrellado, la luna, la brisa, los indígenas que dan un ambiente autóctono no se puede describir. A pesar del cansancio decidimos hacer una fogata en la playa, fue el mejor plan en familia.

Esa noche decidimos dormir en hamacas en la playa, debo decir que fue la mejor cama que haya podido tener, despertar al ruido de las olas, ver los cangrejos salir de la arena, apreciar el amanecer ha sido uno de los mejores amaneceres de mi vida.

Luego fuimos a conocer la tan famosa Punta de Gallina, la cual se ve tal cual como se dibuja el mapa de Colombia. La vista es espectacular, el mar es un poco fuerte pero mi familia es de nadadores así que para nosotros fue demasiado divertido jugar con las fuertes olas del mar. A la hora del almuerzo comimos un plato típico para completar este gran día antes de devolverlos a Riohacha por el desierto.

Este viaje que se volvió toda una travesía fue definitivamente uno de mis mejores paseos por Colombia. La sensación de paz y tranquilidad que da el lugar es algo único que supera todo lo sucedido. No duraría en repetir este gran viaje al Cabo de la Vela y disfrutar más del lugar que me dejo no solo un recuerdo hermoso, sino toda una enseñanza para la vida.

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